La frontera de cristal


Michelina Laborde e Ycaza: la capitalina. Ustedes la conocen de tanto aparecer en las páginas a colores de los periódicos. Un rostro clásico de criolla, piel blanca pero con sombra mediterránea, oliva y azúcar refinada, simetrías perfectas de los ojos largos, negros, protegidos por párpados de nube y una ligerísima borrasca de las ojeras; simetría de la nariz recta, inmóvil, y vibrante sólo en las aletas inquietas e inquietantes, como si un vampiro tratase de escapar de la noche encerrada dentro de ese cuerpo luminoso. También los pómulos, en apariencia frágiles como una cáscara de codorniz detrás de la piel sonriente, intentaban abrirse más allá del tiempo de la piel, hacia la calavera perfecta. Y por último, la luenga cabellera negra de Michelina, flotante, lustrosa, olorosa a jabón más que a laca, era, fatalmente, el anuncio estremecedor de sus demás pilosidades ocultas. Todo lo dividía, cada vez, la barba partida, la honda comilla del mentón, la separación de la piel…

Todo esto lo pensó don Leonardo cuando la vio ya crecidita y se dijo en seguida: —La quiero para mi hijo.

Viajada, guapa, sofisticada, la capitalina miró sin asombro los rasgos de la ciudad de
Campazas. Su plaza central polvorienta y una iglesia humilde pero orgullosa, de paredes deshechas y portada erguida, labrada, proclamante: hasta aquí llegó el barroco, hasta el límite del desierto. Hasta aquí nada más. Mendigos y perros sueltos.

La frontera de cristal

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