Nunca es tarde.


A la vieja usanza y para defenderse del calor portaba sólo una cómoda Fruit of the Loom, holgadita pa que se ventilara ahí donde es difícil que llegue el aire. Era una fina tarde de sábado, mientras escuchaba el partido sentado en su mecedora en el patio de su casa, ubicada humildemente en la colonia donde quedó el último bastión de los empleados de la Fundidora; el Sr. Bartolo esperaba a uno de sus camaradas, don Hugo.

Cuando llegó don Hugo corría el minuto 15 del partido, el equipo local estaba enfrascado en un jubiloso cero cero, y el narrador al borde de las lágrimas y la afonía gritaba a detalle cada jugada.

-Ya ni la chingas, ya va casi medio juego y tú apenas llegas. ¿Qué trajiste? ¿Cartita?

-Estrellita, la otra ta muy cara.-Dijo don Hugo mientras sacaba de una bolsa plástica una botella de cerveza escurriendo el agua de los hielos derretidos.

-Ni hablar, échala pa´ca.-Y el brazo tembloroso del Sr. Bartolo se extendió en pos de la botella.

Don Hugo arrastró otra mecedora y se sentó, desabotonó la camisa y una panza enorme y lisa resplandeció. Entre ellos quedaba una mesa alumínica un tanto oxidada, que alguna vez llevó impresa la fiera leyenda “Coca Cola” en cada una de sus cuatro esquinas y en medio un tablero grande de ajedrez. Ambos dieron un trago digno de gargantas valientes, bien moldeadas en la práctica y los años, que bien hubieran podido sustituir a la bienamada Linda Lovelace en dichosa película de antaño.

-¡¡¡Arrgh!!!- Exclamó don Hugo mientras se secaba el insípido bigote.- Me cae si tuviera lana qué chingaos iba a andar comprando esta chingadera, sabe a puros miados.

-Cállate, que si yo tuviera lana me compraba un pinche tonel de esos de la cervecería, y ahí me metía a nadar y chupar… ¡ándale!

-Pues si yo tuviera lana me cae mandaba que en todas las estaciones del metro hubiera una cantina, con nenorras atendiendo.

-¿Ah sí? Pues yo compraba el Castillo de Chapultepec y lo hacía un tuburio lleno de pirujas rusas, suecas y rumanas.

-Pos yo compraba el mentado Chichén Itzá y lo hacía un salón de fiestas pa los güercos, con puras pinches piñatas de Quetzacoátl y todas esas chingaderas, ¡pa lo que nos sirve la puta historia!

-¡Jajaja! Pues yo me hacía del Vaticano y los hacía a todos andar encuerados, y nomás tú y yo como el Niño de Atocha.

-¡Jajaja! Nombre, yo me traía la madre esa que dice Jolibúd en Estados Unidos y la colgaba allá en el Cerro de la Silla.

-!Oye¡ ¡jaja¡ yo me traía…

De pronto en la radio el narrador parecía arrojar las entrañas en un grito.

-¡Chingao!… ya nos anotaron… ya nos anotaron.

Los dos viejos callaron, y aprendieron una nueva forma de contemplar el silencio.

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