La crónica

Hay de crónicas periodísticas a crónicas periodísticas. La que debe entregarse el mismo día de los hechos es la más complicada; ésa, en palabras de Juan Pablo Becerra-Acosta, es como un penalti en el futlbol: Lo fallas y todo mundo te caga a mentadas de madre; lo metes, nadie te lo festeja.

 

Moirologhia, de Álvaro Mutis

Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡Oh Detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu Nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de material polvosa ya y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande…” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!
¡Oh surto en las losas del ábside!

El último bastión

No se trata si estamos de acuerdo o no, si son pocos o muchos, el movimiento de los maestros de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE) parece que es el último bastión de resistencia que hay en este país. ¿Que incomodan a muchos otros? Claro, al sistema hay que darle donde le duele. Los grandes cambios siempre implican transgresión.

Al sistema hay que incomodarlo ¿Eso es incitar a la violencia? No, es incitar a la resistencia, a sacudir a las buenas consciencias que encabezan los medios masivos.

Fotografías de Santiago Arau

Una izquierda desarmada

En el periodo de los años sesenta hasta finales de los setenta, la izquierda en México tenía otra configuración muy lejana a la que hoy tiene, tenía una estrategia, un plan alterno de gobierno y un proyecto de nación.

Las razones son multifactoriales, pero sin duda había una participacón directa de los modelos educativos heredados por la educación socialista de Lázaro Cárdenas, aunado al ánimo revolucionario de un estado naciente, que apenas unas décadas atrás había tenido su “primavera mexicana” encabezada por, según la versión oficial, por los emilianos zapatas, panchos villas, etc.

Y no digo que aquel modelo haya sido mejor que el actual, sino que tenía su esencia y su fundamento; la izquierda actual se asemeja a la propuesta de aquel título que José Revueltas imprimió a uno de sus ensayos políticos, publicado en 1962, “Un proletariado sin cabeza”.

La izquierda actual en México es demagoga, apela y utiliza como defensa argumentos gastados apegados a un romanticismo más que una ideología; mucho menos sabe como enfrentarse a los discursos de los tecnócratas liberales, que la dejan obsoleta con sus discursos de productividad y competitividad.

Carece de una estrategia, de un plan a seguir, sus representantes cumplen una mera función icónica que salvaguarda su comodidad, pues mientras se la pasan convocando a marchas, los chingazos nunca les llegan, pero su cheque del partido no falla.

Resistencia

Hay quienes resisten, se detienen en los pliegues de la vida y enmohecen y cuando la luz logra traspasar las espesas capas de grasa que forman los años empalmados, simplemente, se entierran más y más, no en el pasado, sino en la inmutabilidad, en el cómodo sofá frente al televisor de la rutina.

Personas

Personas que un día rieron, lloraron, sintieron. Que un día despertaron y vieron el futuro, y no era ni por poco el ser atravesado por un trozo de metal, sentir el ardor del fuego en las entrañas, en la configuración de su vida no veían perder el aliento entre cacharros, ser llevados por el miedo a la locura.παναγούλης

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